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miércoles, 26 de marzo de 2014

Película Mary's land

Mary´s land, Tierra de María,la película, testimonios preciosos y profundos.

Media sala del cine llenamos el pasado domingo un buen grupo de cristianos conocidos y alguna otra persona, no tan conocida, para ver esta película de Juan Manuel Cotelo, después de la buena impresión que nos dejó con la anterior "La Ultima Cima". Y desde luego no defraudó con estos testimonios tan serios y profundos de la gente  entrevistada con una experiencia profunda de conversión a la Fe, cuando por diferentes circunstancias se encuentran con el Amor de Dios y de la Virgen María. Verla y sentirla es un enorme placer. Que Dios bendiga a todos los que comparten sus testimonios de fe, ya sea a través del cine como cada día en la calle.

No dejéis de ver Mary´s land (Tierra de María). Solo a  las 6 de la tarde, esta semana en los multicines. Magníficos testimonios de fe y de conversión que nos vienen bien para pensar y sentir en esta cuaresma. 

jueves, 25 de agosto de 2011

San Pablo en la JMJ, crónicas desde un rincón III (continuación y última).


Tercera cruz: El circo romano. La comida a las tres de la tarde y la recogida del picnic para la noche a las cuatro nos obligaba a llegar siempre tarde, para coger un buen sitio, a los actos programados y teníamos que conformarnos con ver al Santo Padre desde una pantalla. Los chicos mientras esperaban la llegada del Santo Padre bailaban y se mojaban con el agua de las fuentes que habían instalado para rellenar botellas de agua. Esperamos bastante tiempo pero por fin la espera terminó. El Papa llegó entre vítores y aclamaciones de los cientos de miles de peregrinos y pudimos por fin escuchar sus palabras de consuelo.
                Habíamos terminado de recibir al Santo Padre en Cibeles, contentos y felices por habernos encontrado con él por primera vez en la JMJ. Le vimos pasar junto a nosotros mirándonos y saludándonos, escuchamos sus palabras de ánimo invitándonos a ser firmes en la fe.
                Nos dirigíamos, ignorantes de lo que acontecía en las inmediaciones, hacia la parroquia del Carmen junto a Sol. Queríamos depositar ante la Virgen una petición que cada uno había escrito en un papel para dejarla a los pies de La Virgen de la Regla ( que presidiría la celebración de la eucaristía con Benedicto XVI). Caminábamos en grupo los chicos de nuestra parroquia y los de la parroquia del Rosario, subíamos por una calle dirección a Sol, cortada al tráfico. Prácticamente íbamos solos. Un ciclista bajó por la calle hacia nosotros y al llegar a nuestra altura grito: “ Gilipollasss” y continuó su camino. No entendimos nada. Un minuto después, un hombre que bajaba en sentido contrario al nuestro pretendió quitarle la mochila a uno de nuestros chicos gritando que esa mochila la había pagado él. Intervino un policía de los muchos que estaban desplegados a lo largo de la calle.
                Empezamos a intuir que los policías no estaban allí porque fuera a pasar el Papa. Me acerqué a ellos y me dijeron que mejor nos fuéramos de la zona, que había una manifestación. Le pregunté donde estaba la boca de metro más cercana y me dijo que “Sevilla” al final de la calle, que podíamos ir allí sin problemas a coger el metro.
                Continuamos subiendo rodeados cada vez de más policías y al torcer una esquina nos encontramos de frente un montón de policías fuertemente acordonados.  El tiempo perdió su sentido; los acontecimientos se solapaban. No sé si vimos primero a una multitud enorme de gente o escuchamos antes los gritos que nos lanzaban. Escuchamos toda clase de insultos, amenazas y vejaciones mientras la policía, delante de nosotros cubriéndonos, nos impelía a salir de allí a toda prisa. Estábamos junto a la boca del metro en Sevilla y rápidamente hicimos que los chicos entrasen por la boca del metro mientras las amenazas seguían lloviendo sobre nosotros.
                Yo desde un rincón de la entrada al metro observaba.
                La tensión era tremenda en el ambiente. Las caras de odio y furor se mostraban  desencajadas frente a nosotros y seguíamos sin entender nada.
                 “Perseguidos más no aniquilados, si somos difamados respondemos con amor, puestos como espectáculo para el mundo, para los hombres” (1ª Co 4 11-13), en palabras de San Pablo. En los rostros de los chicos sorpresa, miedo, estupor o incomprensión.
                Bendita la cruz de la persecución, de la difamación, de ser tratados como basura. Hizo carne en nosotros el lema de la JMJ “Firmes en la Fe, arraigados en Cristo”. Bendita la cruz que sin duda ha hecho reafirmarse con mayor fuerza a Jesucristo en quienes nos encontrábamos allí.
                Alguien dijo: “porqué nos insultan, si no hemos hecho nada”. “Porqué les molesta que seamos cristianos” decía otro. “Porqué no podemos salir a cantar y dar testimonio de nuestra fe delante de ellos” decía una de las peregrinas con trece años y lágrimas en la cara.
                Bendita la cruz que nos permitió vivir con nuestros jóvenes estos acontecimientos, que sin duda han fortalecido enormemente la fe de todos nosotros.
                ¡Creedlo! ¿miedo? Sí, pero muchos de ellos dispuestos a dar testimonio a pesar de todo. Al día siguiente D. Javier Salinas, que fue nuestro obispo en Ibiza, les explicó, después de su catequesis, cómo actuar contra la persecución y les dijo que contestarles en ese momento en vez de paz hubiera provocado en ellos más rabia y odio.
                A partir de ese momento, en varias ocasiones, nos encontrábamos en el metro o por la calle gente (pocos, muy pocos en verdad) que nos insultaba o nos miraba con cara de odio o rabia. Nuestros chicos cantaban, reían y repartían alegría donde quiera que estuviéramos. Yo desde mi rincón observaba a estas personas, veía su sufrimiento y me compadecía de ellos. Recé una oración pidiendo la paz para cada uno de ellos y diciendo en mi interior “Padre, perdónalo, no sabe lo que hace”.
                Cuarta cruz: Salimos andando desde la parroquia que nos acogía hasta Cuatro Vientos, un sol de justicia caía sobre nosotros. Paramos a rezar Laudes en un parque y se nos añadieron cuatro hermanas de la parroquia que acababan de llegar a Madrid para estar en la vigilia con el  Santo Padre.
                La entrada fue lenta, había muchísima gente, pero pudimos entrar en el recinto. Muchos no podrían pasar una hora después.
                Comenzó la cruz a hacer su aparición. A las dos y media llegamos al lugar de la vigilia. El sol era tremendo cuando llegamos. En Cuatro Vientos no existen las sombras, es un paramo desierto, como corresponde a un aeropuerto. Las colas para ir a los baños eran horribles, las de recoger agua en la fuentes lo mismo. Para ir al bar a comprar una coca cola o agua necesitabas una hora y media por lo menos de tiempo en medio de un montón de gente y con un calor agobiante. Confieso que mi primer intento de tomar algo fresco fracasó a la media hora, no pude más.
                La cosa parecía que no podía ser peor, pero sólo lo parecía. Cuando más apretaba el sol los grifos de agua de las fuentes dejaron de manar, no teníamos agua para beber ni para refrescar las cabezas de los chicos, el riesgo de insolación y deshidratación era muy alto. La tarde caía a plomo sobre nosotros con todo su furor. Se rompieron las tuberías de los baños y el agua inundaba la zona, lo que hacía que ir a utilizar los baños se convirtiera en un autentico ejercicio de autodominio para no salir corriendo de allí. Los bomberos comenzaron a recorrer el recinto rociando con las mangueras a los peregrinos que teníamos la suerte de poder acercarnos para refrescarnos, que no era cada vez que lo intentábamos.
                Fueron pasando lentamente las horas y al final de la tarde conseguimos hacernos con algunas botellas de agua que permitieron poder aguantar hasta que por fin comenzó la vigilia con el Papa. Y claro, tanta agua habíamos pedido durante la tarde que nos vino toda de golpe con rayos y viento incluidos. Las carpas de las capillas volaron. Los paraguas se elevaban en el cielo, los sacos de dormir se mojaron y parecía que entre el sol y la tormenta la naturaleza se empeñaba en probar nuestros ánimos. No pudieron con nosotros. Yo desde mi rincón observaba a los jóvenes bailar, cantar, y elevar los brazos al cielo en medio de las inclemencias del tiempo. Bendita cruz que nos permitió no renegar, aceptar los acontecimientos y las adversidades. Ni una sola queja escuché de nuestros chicos, ni un lamento. Aceptaban todas las incomodidades, las adversidades, los inconvenientes con tal de estar allí: primero esperando, y después acompañando a Benedicto XVI que se negó a bajar del escenario durante la tormenta (aunque se había interrumpido la vigilia, permaneció junto a los jóvenes soportando el viento y la lluvia). Bendita la cruz que unió a los jóvenes con el Papa en la adversidad, la comunión era palpable, la sintonía perfecta. El Santo Padre pidió a los jóvenes que rezasen para que terminara la tormenta y poder seguir. Y claro, dos millones de oraciones unidas al sucesor de Pedro dio sus frutos: las puertas del cielo se cerraron y el agua dejó de caer. El viento amainó y pudimos continuar la vigilia, se expuso el Santísimo y desde mi rincón vi un pueblo enorme, una masa inmensa que adoraba y pedía a Jesús Sacramentado en medio de un fervoroso silencio. Dos millones de personas y no se escuchaba un alma.
                Bendita la Cruz por acompañarnos durante la peregrinación y por permitirnos ver estos acontecimientos de Dios en medio de nosotros. Quedan más cruces. Con estas tenemos motivos más que suficientes para agradecer y bendecir a Dios, en medio de nosotros, por el amor que nos tiene. La Paz a todos y dejo mi rincón vacío para todos vosotros.
                                                                              Paco Cabrera, peregrino privilegiado y catequista.
               

martes, 16 de agosto de 2011

San Pablo en la JMJ, crónicas desde un rincón.


            Apenas pasan de las doce de la noche, ya estamos en el día más esperado de los últimos meses. Desde un rincón de mi terraza me dispongo a intentar relatar el bullicio interior que no cesa de llamar a la puerta. 
            Partimos para Madrid un grupo de peregrinos de nuestra parroquia de San Pablo. Treinta y tres, no está mal el número, salimos dentro de apenas seis horas en avión, otros tres se unirán a nosotros el  sábado y dos más están intentando conseguir pasajes de última hora.
            Los nervios afloran, la tensión se siente alrededor de las madres, afanadas, atareadas, ultimando cada detalle para estos siete días que están por llegar. Los más veteranos en estas lides haciendo aparentar que no pasa nada. Los  que se inician por primera vez en las peregrinaciones con el cosquilleo metido en el cuerpo. Bien, es la tensión acumulada, nada anormal. 
            Los preparativos previos, ya están colocados. Seis días de actividades en la diócesis están colocados en la mochila interior de aquellos que ya hemos empezado la peregrinación aún sin salir de casa.
            Hemos metido en la mochila una buena dosis de acogida y servicio a los peregrinos que nos han visitado (197 alemanes, 28 colombianos, 28 franceses del movimiento anuncio, 287 murcianos del Camino Neocatecumenal ).
            Muchos de nuestra parroquia han participado activamente con otros jóvenes de las parroquias de Ibiza como voluntarios para acompañar a los hermanos venidos de fuera. No está nada mal el comienzo del petate.
            En la base de la mochila a modo de soporte del resto del equipaje una Eucaristía presidida por nuestro Obispo D. Vicente con todas las delegaciones venidas a Ibiza. Al frente, La Virgen de las Nieves, nuestra patrona, y el beato Juan Pablo II, tan entrañable para todos los peregrinos habituales y que nos regaló las JMJ (Jornadas Mundiales de la Juventud). Multitudinaria la Eucaristía. Alegría desbordante en los peregrinos durante la celebración y la procesión que se realizó hasta la Iglesia Madre de Ibiza, nuestra catedral.
            Previamente habíamos atado fuertemente al costado la catequesis que el Señor Obispo dio en nuestra parroquia a la delegación de jóvenes murcianos. Donde la Cruz, causa de gozo y alegría para el cristiano y la eucaristía sacramento del amor de Cristo a nosotros, fueron el centro de su catequesis.
            Muchos signos, muchas señales, muchos acontecimientos hemos visto estos días en el puerto de Ibiza y en sus calles, en Santa Eulalia y en muchos otros lugares de la isla; pero desde mi rincón no puedo quitarme de la cabeza el Vía Crucis que recorrió las calles de San Antonio en Plena temporada turística. La cruz de Cristo interpelaba, cuestionaba, animaba, llamaba. Se hacía presente en medio de una humanidad desorientada, y sin duda asombrada por lo que contemplaban.
            Terminado el rezo del Vía Crucis, los jóvenes murcianos y muchos chicos de la delegación alemana que se unieron a ellos dieron la nota. ¡Vaya si la dieron! Al ritmo de tambores, ondeando enormes banderas y una cruz de más de tres metros de alta, ni cortos ni perezosos, con una enorme sonrisa en los labios se internaron, cruz en ristre, en el mismísimo West End de San Antonio.
            Imposible describir una experiencia así. Cuatrocientos jóvenes levantando la cruz, haciéndola saltar al grito de eh,eh,eh y con numerosos “ vivas” al Papa  y “ esta es la juventud del Papa”; levantando los brazos al ritmo de los vivas se internaron en una multitud compacta apretada donde no cabía un alfiler. Decididos en la seguridad de que Jesucristo estaba en medio de ellos atravesaron el West End de punta a punta. Los jóvenes que estaban en la calle con los ojos medio entornados por la cantidad de alcohol ingerida con los torsos desnudos. Las chicas con la mínima expresión de ropa y las miradas perdidas en el infinito. Los porteros de los locales con la boca entreabierta y paralizados nos contemplaban. Se fueron apretando contra las paredes de los bares y abriéndonos paso; comenzaron a entrar en un éxtasis desconocido para ellos. Comenzaron a unirse a los vivas de nuestros jóvenes a vitorear al paso de la cruz levantando sus brazos y saltando de júbilo. Vi chicos de mirada extraviada lanzarles besos con la mano a la cruz, contemplé a una chica intentando taparse los pechos con la mano y acercarse a la cruz para pasar su mano sobre ella, y la imagen de la mujer impura tocando el manto de Jesús se materializó dentro de mi mente. Una gran cantidad de ellos se acercaban a nosotros y nos tocaban el hombro. ¡Sí! Sé que parece increíble pero era tal y como lo describo. Otros entrechocaban sus manos contra las nuestras a modo de colegas; uno pasó su mano sobre mi barba. Nosotros mirábamos sonrientes sin juzgarles amándoles como sólo por un don de Dios se puede amar. Continuamos subiendo sin parar el ritmo, espectadores de lo imposible, contemplando el hacer de Dios, siendo testigos de un Kayrós único cayendo sobre nosotros. La cruz de Jesucristo se hacía presente en medio de los más destruidos, de los más necesitados y éstos la acogieron desde su pobreza y debilidad.   Dónde sólo esperábamos burlas y agresividad ENCONTRABAMOS ACOGIDA´.
            Llegamos al final de la cuesta y colocaron la cruz en la cima del monte de modo que toda la calle por debajo de ella podía  contemplarla. Yo estaba allí con la piel de gallina en un rincón de una esquina viendo el poder manifiesto de la Cruz de Jesucristo, contemplando con renovada esperanza el futuro de la Iglesia: una masa incontable de gente a la que se abre una nueva esperanza. Lo dejo aquí metido en mi particular mochila para que fermente y madure a su tiempo. 
            Hace apenas unas horas el Sr. Obispo nos ha entregado una pequeña cruz en el envío que ha pronunciado sobre todos los peregrinos que partimos al encuentro con Benedicto XVI. A mí, al verla en mi pecho colgando, me ha hecho presente este momento. Espero poder contemplarla muchas veces más y trasladarme a este Kayrós especial; por ahora la cuelgo de mi mochila para de reojo poder  mirarla de vez en cuando. El tiempo pasa, me he extendido demasiado; perdonadme, no sabía parar.
                                                                       Paco Cabrera, arrinconado.

martes, 7 de junio de 2011

Dusseldorf!

Atendiendo a la llamada de los iniciadores del Camino Neocatecumenal y del Arzobispo de Colonia, el Cardenal Joachim Meisner, de acudir a un encuentro vocacional de Jóvenes en el estadio SPRIT ARENA de Dusseldorf, hemos acompañado a 20 peregrinos de nuestra Parroquia, unidos a jóvenes de otras parroquias de Valencia, formando un grupo de 55 que junto con alrededor de 30.000 más de toda Europa, participamos en ese encuentro, evangelizando previamente por las ciudades alemanes de camino a Dusseldorf.

Alemania país de origen de SS Benedicto XVI, corazón de Europa, precioso lugar habitado por criaturas de Dios, que viven totalmente ajenos a esa relación de paternidad; han rechazado a Dios en sus vidas, los ciudadanos jóvenes no han oído hablar de Jesucristo, ponen su esperanza en ellos mismos, en sus propias fuerzas, y frente a las graves dificultades por las que cualquier hombre puede atravesar en la vida, no encuentran otra alternativa que el aislamiento y el suicidio.

La propia Iglesia Católica, totalmente inmersa en un proceso de gestión interna dominado por los laicos, el consejo parroquial, dónde el Párroco no es el que tiene la última palabra, un funcionario más que cobra por ello.

¿Cómo conocerán a Dios si nadie les predica?
 Allí hemos estado, un viaje relámpago primero barco hasta Denia y después  en autobús, salida viernes 27 a las 18h, llegada regreso, lunes  a las 16 h a Barcelona, casi 4.000 km. Después barco a las doce de la noche hasta Ibiza llegada las 8 horas del martes  tres noches durmiendo en marcha, en la butaca del autobús y el milagro… ¡¡¡repetiríamos!!!

En concreto hemos anunciado el Evangelio el Domingo, durante la mañana, algunos chicos han dado su experiencia por las calles de Dusseldorf en  Alemania, con una historia impresionante, que actualmente vive de espaldas a la Iglesia y a Dios; hemos caminado cantando precedidos de la cruz bien en alto; ante la cruz: incredulidad, ironía; 20 jóvenes valientes que hemos ofrecido el ridículo, la vergüenza, el desprecio, por la conversión de estos hermanos. En las plazas hemos parado, hemos bailado con nuestros cantos, y cuando la gente, muchos de ellos por curiosidad, se han acercado, un joven en cada momento les ha predicado, les ha anunciado la Buena Noticia, que CRISTO ESTÁ RESUCITADO y QUE DIOS LES AMA, testimoniándolo con su propia experiencia. ¿Los frutos? Los nuestros ya, la Fe se recibe compartiéndola, ¿los de ellos?, quizá nuestros hijos lo vean, o puede que antes, en la JMJ en Madrid, ¿quién sabe? nosotros les hemos invitado.

Y en el SPRIT ARENA de Dusseldorf, tanto el Cardenal, como Kiko, Carmen, así como el Padre Mario, han animado con fuerza a más de 30.000 jóvenes presentes, a que sean valientes, que sean cristianos completos, que entren en un Espíritu de entrega, que no nos guardemos nada para nosotros, Dios no nos quiere quitar nada, al contrario quiere que dejemos un espacio a su Espíritu Santo que la Iglesia nos entrega gratis y podamos descubrir que solo con el basta. Una llamada importante a la conversión, luz para nuestra vocación, ¿Qué quiere Dios de nosotros?, la respuesta fue de 700 chicos que se sienten llamados a entregarlo todo por Él desde el sacerdocio y 400 chicas que han visto lo mismo y se ponen en sus manos para crecer en la Fe desde una vida contemplativa, en un Monasterio, tantos otros, parejas de novios, que habrán visto confirmada su llamada al matrimonio.

En definitiva una tarde realmente trascendente para la vida de muchos jóvenes, que traerán la felicidad a sus familias y a tantos otros que necesitan de la oración desde los conventos y de la atención sacerdotal, en China, Kiko se ha comprometido a enviar 20.000 presbíteros, ya tenemos 700. 
Una peregrinación que ha dejado huella, nuestra Parroquia ha estado allí.

Nos vemos en agosto en Madrid.



viernes, 3 de junio de 2011

ARTÍCULO SR. OBISPO

A TREINTA AÑOS DEL ATENTADO A JUAN PABLO II

El trece de mayo de 1981 era yo seminarista del último año y ese día, miércoles, teníamos en la tarde una charla de formación a cargo de un profesor de la Universidad de Valencia. Sobre las seis menos cuarto, el Rector nos avisó de que la conferencia quedaba suspendida: el Papa había sufrido un atentado grave en plena audiencia general de los miércoles, que en esa ocasión se celebraba por la tarde, y su estado era gravísimo. 

Efectivamente, 13 de mayo de 1981, al iniciar la audiencia general en la Plaza San Pedro, Juan Pablo II fue herido por un joven turco de 23 años con un balazo en el vientre y otro en la mano izquierda, disparados por un joven turco llamado Mehmet Alí Agca. En medio de la multitud que abarrotaba la plaza de San Pedro, el Papa sufría un intento de magnicidio. En Italia se desarrollaba por aquellas fechas un referéndum sobre la polémica ley del aborto. Para el mismo 13 de mayo estaba anunciada una gran manifestación, convocada en Roma por el partido comunista. Mientras tanto, el Santo Padre ese mismo día había fundado el Instituto de Estudios sobre Matrimonio y Familia en la Pontificia Universidad Lateranense y había creado el Consejo Pontificio para la Familia. 

Eran las 17.19 horas cuando el ahora Beato Juan Pablo II se trasladaba en su vehículo, el popular papamóvil, por la plaza de San Pedro. Daba la segunda vuelta, extendía sus brazos hacia los niños y saludaba a la multitud, cuando de repente se escucharon disparos dirigidos desde la multitud contra el vehículo papal. Las balas hirieron al Pontífice en el abdomen, el brazo y la mano izquierda. Una bala le perforó el colón e hirió también algunos puntos del intestino delgado, y después cayó al suelo del jeep, mientras que la otra después de pasar por el codo y el dedo índice de la mano izquierda, prosiguió su camino hiriendo a dos turistas americanas.

Juan Pablo II, con el rostro pálido y las vestimentas blancas salpicadas de sangre, se quedó quieto por un instante, luego cayó dentro del vehículo y su conductor aceleró a través del Arco de las Campanas entrando en el Servicio Sanitario Vaticano.

Tras una primera e insuficiente cura, el Papa fue llevado en ambulancia hasta la clínica Gemelli. Es curiosa la anécdota de que el día anterior el Papa había bendecido esa ambulancia en el Servicio Sanitario del Vaticano, y al derramar el agua bendita dijo también: “Bendigo al primer enfermo que llevará”. ¡El primer enfermó que llevó esa ambulancia fue él mismo! Según el testimonio de algunos acompañantes, el Santo Padre estaba aún consciente; perdió el conocimiento al ingresar en el hospital por la abundante pérdida de sangre. Mientras le fue posible, oró en voz baja y pronunció palabras de perdón. En el Policlínico Gemelli, fue sometido a una operación quirúrgica de emergencia que duró 5 horas 20 minutos, que los médicos la describieron al final como "exitosa", y durante la cual el médico personal, Renato Buzzonetti le pidió al secretario particular del Papa, el actual Cardenal Stanislao Dziwiwz que le administrase el Sacramento de la Unción de los enfermos, ante la gravedad de la situación.

Minutos después, la policía detuvo al autor material. El asesino había disparado con una pistola Browning de nueve milímetros al cuerpo de Juan Pablo II. Además del arma, se halló en su bolsillo una nota escrita en turco que decía: "Yo, Agca, he matado al Papa para que el mundo pueda saber que hay miles de víctimas del imperialismo”. Agca, de confesión musulmana, declaró ante las autoridades ser "el instrumento inconsciente de un plan misterioso", cuya naturaleza no pudo ser resuelta por la investigación. En el mes de julio fue condenado a cadena perpetua y a la pena especial de "aislamiento" por un tribunal italiano.

Hasta ahí los hechos. Pero, lo interesante y que quisiera transmitir es la reacción de Juan Pablo II: oración y misericordia, unión con Dios y con la Virgen y perdón. ¡Qué enseñanza más maravillosa y útil par nuestros días!

La oración fue el gran móvil de Juan Pablo II. Así, al despertarse de la anestesia en las primeras horas del jueves, lo primero que le dijo a su secretario fue: ¿Hemos rezado ya las Completas? (es la oracion que los sacerdotes rezamos al final del día, antes del descanso nocturno); ¡le parecía que estaba aún en el miércoles trece de mayo y no recordaba de haberla recitado!

El 13 de mayo de 1917 fue la primera aparición de la Virgen en Fátima y el 13 de mayo de 1981 el día en que intentaron matarlo. En sus reflexiones el Papa buscó una relación entre ello y, después de haber leído –hasta entonces se tenía como reservado- el tercer secreto de Fátima, no le cupo ninguna duda  de que se refería a él: quedó convencido de que había salvado la vida, o mejor dicho, se la había dado nuevamente la vida, por la intervención de la Virgen. Una mano disparó y otra mano, la de la Virgen le salvó, desviando la bala.

Y junto a la relación viva con Dios y con la Virgen, el perdón y la misericordia con el agresor. En su primer discurso tras el atentado, el domingo siguiente, el 17 de mayo de 1981, tras celebrar la misa con su secretario, grabó un radiomensaje que fue difundido a las doce diciendo: “Me siento particularmente cercano a las dos personas que resultaron heridas juntamente conmigo. Rezo por el hermano que me ha herido, al cual he perdonado sinceramente. Unido a Cristo, sacerdote y víctima, ofrezco mis sufrimientos por la Iglesia y por el mundo. A ti, María, te digo de nuevo: "Totus tuus ego sum".

En un escrito del 11 de septiembre de ese mismo año de 1981, el Papa escribía: “Deseo referirme al acontecimiento del 13 de mayo. Aquel día se encontraron dos hombres: uno que quería quitar la vida del otro, y aquel al que se pretendía eliminar. Pero la Providencia divina hizo que no le fuera arrebatada la vida. Y por eso este hombre puede dirigirse al primero, puede hablarle… Es importante destacar que ni tan siquiera un episodio como el del 13 de mayo sea capaz de abrir un abismo entre uno y el otro, a crear un abismo que signifique la ruptura de toda comunicación…La posibilidad de perdonar, acaecida incluso en la ambulancia que me transportaba al Gemelli, fue fruto de una especial gracia que me concedió Jesús, mi Señor y mi Maestro. Sí, fue una gracia de Jesús Crucificado, que entre las diversas palabras pronunciadas en el Gólgota, antes que nada dijo: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. El acto del perdón es la primera y principal condición para que nosotros, hombres, no estemos divididos y puestos uno contra el otro…” (n.b.: traducción del autor). Tiempo después, Juan Pablo II visitaba a su agresor en la Cárcel Romana de Revivía.

Sí, treinta años de aquel atentado que manifestó cómo el Beato Juan Pablo II tenía espíritu de confianza en Dios y en la Virgen, de oración siempre y en todas las circunstancias,  capacidad de perdonar por encima de todo. ¡Ojalá aprendamos todos esa lección! El mundo será mejor y nosotros seremos más felices. Con ese espíritu he querido recordarlo y compartirlo con vosotros, queridos lectores de este texto, especialmente en Ibiza y Formentera. 

+Vicente Juan Segura,
Obispo de Ibiza

Y aquí un video del Sr.Obispo hablando sobre Juan Pablo II en televisión (29 mayo 2011)


viernes, 6 de mayo de 2011

ARTÍCULO SR. OBISPO




El privilegio de servirle
Algunos recuerdos personales de Juan Pablo II

Los cristianos experimentamos en nuestra vida un continuo recibir dones por parte de Dios. De esa manera, Él, como Padre providente nos va ayudando en nuestro existir. Ello nos llena de gratitud por el pasado, de gozo en el presente y de esperanza de cara al futuro. Una revisión seria de la existencia de cada uno sirve para confirmar esa verdad. Al hacer yo esa revisión me llena de gratitud uno de los grandes dones que Dios me ha concedido, don que considero un verdadero privilegio y ese es el de haber trabajado y servido durante casi once años (desde el 5 de julio de 1994 hasta el 21 de enero de 2005) al Papa Juan Pablo II como jefe de la Sección de lengua española de la Secretaría de Estado.
Mi servicio me permitió tratarle, conocerle, aprender mucho y madurar en mi fe como cristiano y como pastor, primero sacerdote y después Obispo. De Juan Pablo II recibí una muestra de estima que valoro mucho y que no podía ni tan siquiera imaginar. Fue así: el 3 de mayo del año 2003, con ocasión de su quinto y último viaje a España el Papa recibió en la Nunciatura de Madrid, antes de ir al encuentro con los jóvenes al aeródromo de Cuatro Vientos, a la Familia Real, después al Presidente del Gobierno, que entonces era Jose María Aznar, con sus acompañantes y después -todo un detalle- a mí y a mi familia: a mi madre, a mis hermanos y cuñadas y a mis sobrinos. De aquella memorable audiencia conservo algunas fotografías y un video; en una de esas fotografías el Papa, anciano y cansado, tiene apoyada su mano derecha sobre el hombro izquierdo de mi madre; en ese momento con su voz, débil pero cariñosa le dice a mi madre: "Gracias por su hijo". A mí esa frase de reconocimiento me llenó de satisfacción y a mi madre la recompensó con creces de todos los sacrificios derivados de la separación física que produjo mi servicio a la Santa Sede -estuve años en Costa Rica, Marruecos, Mozambique, y después Roma, sin olvidar que esa lejanía me impidió incluso estar presente en el entierro de mi padre. Cuando contemplo esa fotografía y viene espontáneamente a mi memoria la frase del Papa no puedo por menos que sentir una íntima y fuerte emoción y una gratitud grande a quien la dijo y cuando y como la dijo.
La cercanía -no sólo física, derivada del hecho de que el despacho en el que trabajé estaba en el mismo piso y a pocos metros del apartamento pontificio, en la "terza loggia" del Palazzo Apostólico-, me permitió tratarlo con relativa frecuencia y poder ver cómo en él, en Juan Pablo II, se cumple una hermosa promesa que Dios hizo a su pueblo y que recoge el Profeta Jeremías: "Os daré pastores según mi corazón" (Jer 3,15,). Con su vivir y su obrar entra en esa larga, larguísima cadena de hombres que desde los primeros tiempos de la historia de la Iglesia han oído la llamada del Buen Pastor y se han puesto, como él, a apacentar al rebaño de los fieles con esa nota distintiva "según mi corazón".
Los Evangelios nos presentan una imagen de Jesucristo como el orante continuo que después de la oración –a veces noches enteras- pasa a la acción y no al revés, o sea un activista que se sostenía con la oración. Jesucristo después de la oración  anuncia el Reino de Dios, llama a los apóstoles, cura enfermos, alimenta a los hambrientos, consuela a los tristes, etc., en definitiva, pasa haciendo el bien. Y esa es la imagen que tengo de Juan Pablo II: un gran orante que después pasa a una acción a favor de la Iglesia y de la humanidad entera. Oí decir que en Cracovia tenía una mesa en la capilla y allí, en oración resolvía los asuntos de la diócesis que tenía encomendada en unos tiempos que no fueron nada fáciles. En Roma pude ver como el rosario era un instrumento que casi continuamente corría por sus dedos. Su concentración en las horas que pasaba en la capilla, su fidelidad al rezo del Vía Crucis, a la Liturgia de las horas era extraordinaria, hasta el punto que tras ser intervenido quirúrgicamente después del atentado del 13 de mayo de 1981, al despertar de la anestesia, entre las primeras palabras que dirigió a Mons. Stanisław Dziwisz fueron: “Ayer no recitamos las completas”. Toda un ejemplo para los que queremos seguir e imitar a Jesús, especialmente los sacerdotes, de ser orantes para poder después actuar de cara a las exigencias del Reino de Dios.
La primera vez que vi –en esa ocasión fue desde lejos- a Juan Pablo II fue en Valencia el 8 de noviembre de 1982. En aquella celebración en la que el Papa ordenó a 149 sacerdotes de toda España, entre ellos a algunos de mi curso, pronunció una homilía que 29 años después conserva toda su actualidad y sobre cuyo contenido he pensado mucho en estos años. En concreto, un párrafo de esa homilía en la que dirigiéndose a los sacerdotes nos decía: “vuestros propios fieles os quieren sacerdotes de cuerpo entero: liturgos, maestros, pastores, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos” Me llamó poderosamente la atención y desde entonces he procurado vivir mi sacerdocio desde esa perspectiva y el ejemplo para ello ha sido, en mi caso, Juan Pablo II.
Sacerdote de cuerpo entero, liturgo, es decir, ministro de la celebración. He asistido a muchas liturgias presididas por Juan Pablo II: ninguna ha sido una repetición mecánica o rutinaria sino que en cada una he percibido la devoción y concentración con la que celebraba los santos misterios, elevaba su oración y observaba fielmente las prescripciones del ritual. En algunas ocasiones acompañé a grupos de sacerdotes de Valencia a concelebrar con el Papa en su capilla privada. Todos salían impresionados de lo que allí habían experimentado: cuando entrábamos en la capilla Juan Pablo II estaba ya arrodillado en su reclinatorio, preparándose para la Misa después de haber recitado el breviario; tras revestirse con los ornamentos comenzaba la celebración sin prisa, pronunciado cada palabra con un énfasis tan especial que dejaba huella en quienes la escuchábamos; la plegaria eucarística y especialmente la consagración eran momentos de una intensidad espiritual extraordinaria y ejemplar para los que asistíamos; su recogimiento tras la comunión encomiable. Al finalizar la Misa nos saludaba a todos y entregaba un rosario como ayuda para nuestra vida. Cada celebración era una enseñanza única e irrepetible.
Sacerdote de cuerpo entero, maestro. No le oí decir nunca una palabra estéril ni una palabra superflua o que no enseñara algo, incluso si en un ambiente coloquial bromeaba. El maestro enseña algo verdadero y de forma que ello sirva a quienes le escuchan. Imposible trazar aquí todo su perfil de maestro, Valga una anécdota del viaje a Cuba en 1998, en Camagüey en una celebración especialmente dirigida a los jóvenes. Al final de su homilía, retomando la frase de Jesús en el relato evangélico de su encuentro con el joven rico donde se dice que Jesús lo miró y lo amó (Cf. Mc 10, 21), el Papa dijo: “lo guardó y lo amó”; yo pensé que se había confundido, porque en italiano mirar se dice “guardare” y, como responsable de sus expresiones en lengua española me puse nervioso, y pensando en un posible error mío al escribir; desde mi sitio lo corregí diciéndole: “Santo Padre, lo guardó no, lo miró”· Y el repitió: “Lo guardó, lo hizo suyo”. Sabía lo que quería decir.
Sacerdote de cuerpo entero, pastor. Para un sacerdote y para un obispo el modelo de su ser pastor es el Buen Pastor, cuya imagen Jesucristo ha encarnado y ha descrito en el Evangelio. Un pastor esta siempre, incluso cuando no se ve, pendiente de su rebaño. Juan Pablo II puede decir, como San Pablo, “de muy buena gana gastaré yo de lo mío, y me desgastaré a mí mismo por vuestras almas (2 Cor 12,15). Sus viajes, incluso cuando las fuerzas físicas ya le faltaban, sus horas de trabajo, las audiencias, reuniones, encuentros…muestran una entrega y una preocupación modélica por el pueblo de Dios. A este respecto me impresionaba un hecho que por años contemplé casi cada día. Por la mañana, Juan Pablo II, antes de empezar a trabajar y recibir en su despacho, solía dedicar una media hora a pasear solo por la terraza del Apartamento pontificio. Desde la ventana de mi despacho, y también de otros de la Secretaría de Estado, se podía ver al Papa, cubierto con un manteo negro y, si era invierno, cubierto con una gorra. Paseaba, pensaba, reflexionaba… y antes de retirarse se acercaba al muro de la terraza, miraba hacia la Plaza de San Pedro y allí, de forma discreta y sin solemnidad bendecía a la gente que en ese momento atravesaba la Plaza… sin saberlo esos peregrinos y viandantes eran bendecidos por el Papa, siempre atento y cercano a todos, como corresponde a un buen pastor. En otra ocasión, llegando a la Basílica de San Pedro para celebrar la Misa solemne de la entrega de anillo a los nuevos cardenales -entre ellos el Cardenal Ricardo María Carles- el secretario Mons. Vicente Thou, vietnamita, se apresuró a cerrar la puerta del coche y le pilló el dedo índice de la mano derecha. Podemos imaginar el sufrimiento que eso puede suponer. Él, doliente, no se echó atrás y se dirigió a celebrar la Misa, que hubo de ser interrumpida en el ofertorio para curarle la herida que no dejaba de sangrar. Al día siguiente fui llamado a su despacho para recibir unas indicaciones y, al besarle la mano, me di cuenta del vendaje que llevaba y le dije: “Santo Padre, lamento lo que le sucedió ayer”; a ello me respondió como si no tuviera importancia: “Nada, un sacrificio más que ofrecer por las familias en el Año de la Familia”. Era el año 1994, que la ONU había declarado Año internacional de la Familia.
Sacerdote de cuerpo entero, como Cristo, hermano y amigo. Los evangelios nos dicen que Jesús no rechazaba a nadie, se acercaba a todos y para todos tenía siempre una palabra de consuelo, un gesto de ayuda, un alivio en el sufrimiento, una indicación para ir adelante. Y así era en cada encuentro con Juan Pablo II, sea en los hospitales, en las cárceles, en los palacios de los responsables políticos, en los encuentros con multitudes o en los encuentros privados: nadie lo pudo sentir como un personaje extraño y lejano, sino sencillamente, como hermano y amigo. A este respecto recuerdo con viva emoción un de mis primeras audiencias con él para presentarle a mi madre. Hacía pocos meses que mi padre había muerto y mi madre iba de riguroso luto, Al presentársela le dije: “Santo Padre, ésta es mi madre”, y él, en italiano me dijo: “¡Oh, la mamma, y ¿dónde está el papá?”. Yo le respondí: “ha muerto hace unos meses”. Y él, cercano y solidario, hombre de fe y de caridad dijo: “Entonces recemos un responso por él” y empezó a recitar en latín el “Réquiem”. ¡No puede haber un gesto de cercanía más viva y cariñosa!
Fue un Papa amado: un hombre valiente en la época de los grandes miedos; un defensor de la paz ante las amenazas de la guerra; un decidido defensor de la vida y de la familia ante los ataques que se presentan como equivocada expresión de progreso; un decidido amigo de los jóvenes, a los que calificó de futuro de la Iglesia y de la sociedad. Fue un personaje valiente y seguro, incluso en la enfermedad y la cercanía de la muerte. Todo ello hizo que, espontáneamente y sin programarlo, las masas que asistimos a su funeral no pudiéramos por menos que exclamar cuando su cadáver era retirado hacia la sepultura: “Santo súbito, Santo enseguida”. Éramos conscientes de su santidad: un regalo de Dios al mundo.
La cristiandad  creo que sigue experimentando su presencia, su ayuda y su valiosa intercesión. Como bien dijo el entonces Cardenal Joseph Ratzinger en la misa exequias el 8 de abril de 2005; “Ninguno de nosotros podrá olvidar como en el último domingo de Pascua de su vida, el Santo Padre, marcado por el sufrimiento, se asomó una vez más a la ventana del Palacio Apostólico Vaticano y dio la bendición "Urbi et Orbi" por última vez. Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. Amén”
Al pensar en todo esto, no puedo sino decir: ¡Bendito sea Dios, que ha cumplido su promesa dándonos un sacerdote, un gran sacerdote, según su corazón en la persona primero de Karol Wojtila y después Juan Pablo II! ¡Bendito Benedicto XVI, gran colaborador y conocedor de Juan Pablo II, ahora su sucesor, que con la beatificación que ha decretado nos lo pone como figura a quien imitar, como maestro del cual aprender, como intercesor ante el trono del Padre celestial! ¡Bendito beato Juan Pablo II por lo que has hecho y seguirás haciendo por la Iglesia y la humanidad! Conocerte y servirte ha sido un verdadero privilegio.

+Vicente JUAN SEGURA
Obispo de Ibiza

BEATIFICACIÓN JUAN PABLO II


Algunos jóvenes de nuestra  parroquia de San Pablo, hemos peregrinado con los hermanos de las parroquias de la Sagrada Familia de Torrent (Valencia), Nuestra Señora del Pilar de Catarroja (Valencia), Santos Juanes de Cullera y algunos hermanos de Murcia, a Roma para asistir a la beatificación de Juan Pablo II.


El viernes los tres jóvenes de Ibiza viajamos hasta Valencia para salir a las 20h  en autocar hacia Roma con los hermanos que allí nos esperaban. 24  horas de viaje, haciendo paradas en las áreas de servicio y durmiendo en el bus. Rezamos laudes, rosarios, escuchamos alguna pequeña catequesis sobre Juan Pablo II y la causa de su beatificación y sobre Santa Faustina Kowalska, rezamos la corona de la misericordia, vimos algún documental sobre el Papa, y cantamos. Sobre todo, cantamos. El sábado llegamos sobre las 22h a un convento, Instituto Suore Agostiniane – Casa S. Maria Goretti (Guarcino) a 80 km de Roma (si, nos perdimos para llegar allí). Las hermanas nos prepararon una cena riquísima y algunos pudimos dormir en habitaciones con cama, mientras que otros tuvieron que dormir en el suelo (éramos demasiados, unos 110 chicos).

Después de un buen desayuno, partimos hacia Roma y nos instalamos en la Piazza del Risorgimento, cerca de la Plaza de San Pedro. A las 10:30 comenzó la celebración, que escuchamos mayoritariamente en italiano ya que hasta acabada la homilía  (si quieres leer la homilía entera en español, pincha aquí) no encontramos la emisora que retransmitía la liturgia en español. Destacar que no pudimos ver nada de la celebración, ni en directo ni por pantalla, debido al gran número de personas allí congregadas, hecho que no nos impidió escuchar y rezar con el Santo Padre. Después de comer por allí, fuimos a la iglesia de Santo Spirito in Sassia donde está el Santuario de la Divina Misericordia y donde algunos de nosotros dejamos nuestras intenciones escritas en un papel.

A las 16h comenzamos a hacer cola para poder entrar al Vaticano. Sol, mucha gente, mucho calor, tiempos largos de espera sin moverse un centímetro antes de encontrarnos con el féretro del  Beato Juan Pablo II durante poco más de cinco minutos.  Pero a muchos se nos hizo llevadero: rezamos el rosario – con el que vimos como avanzábamos más rápidamente – oramos, reímos, y nos conocimos mejor entre nosotros. A muchos nos sorprendió el contraste del sencillo féretro del Beato con la majestuosidad y grandeza del Vaticano, hecho que recuerda cómo vivió éste: de manera sencilla y humilde.

A las 20h aproximadamente iniciamos el camino de regreso al autobús que ya nos esperaba para partir hacia Valencia, teniendo que dormir una noche más en él. El lunes durante el camino de vuelta, además de los rezos diarios, hicimos una ronda de “experiencias”, es decir, cada uno decía un poco lo que había significado esta peregrinación y/o Juan Pablo II de manera más o menos breve y después el sacerdote nos leía unos versículos del evangelio al azar que se nos invitaba a escrutar una vez llegásemos a nuestra casa. Esta ronda fue muy enriquecedora para todos y en la que no faltaron las lágrimas y algunas risas.  A las 23:30 llegamos a Valencia donde pasamos una noche y al día siguiente cogimos el barco de vuelta a Ibiza.

Para muchos de nosotros, esta peregrinación ha sido un momento de paz, de oración y de encuentro con Dios. Algunos no conocíamos directamente al Papa Juan Pablo II pero lo hemos hecho “nuestro” gracias al testimonio que recibimos de nuestros padres, hermanos y demás familiares y amigos, que sí  han tenido la gracia de conocerle en algún encuentro con él y que nos han transmitido su cariño hacia él.


En esta peregrinación también hemos disfrutado mucho mostrando nuestra alegría y la fuerza con la que vivimos los jóvenes, cantando siempre la victoria del Señor por las calles de Roma y del Vaticano con las guitarras, panderetas  y acompañando con las palmas, incluso en el metro.



Marta Cabrera.

Aquí os dejamos un enlace con un pequeño comentario de los hermanos de Valencia y fotos de la peregrinación.